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Reubicación de los Adultos Mayores en la Familia del Siglo XXI

Prof. Dra. Isabel S. Alfaro
Lic. Ana María Sodano

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Rep. Argentina
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Jaime María de Mahieu en su “Diccionario de Ciencia Política” define a la familia  como el “grupo biosocial que constituye la cédula básica de la comunidad”. Si bien los orígenes de la especie humana, y consiguientemente su organización primitiva  se mantienen en una nebulosa que no ha podido develarse, es indudable que en todo tiempo la familia ha sido el núcleo o agrupamiento social primario y más antiguo. En ella, el amor  vincula a las personas con lazos más o menos fuertes, según las circunstancias  sociales y las creencias religiosas, pero siempre poderosos.

La sociedad humana no podría durar sin la familia. El ser humano viene al mundo enteramente falto de capacidad para bastarse a sí mismo. La protección que le prodiga la familia, le permite desarrollarse. La educación familiar, los ejemplos y consejos del  hogar, fomentan el crecimiento de sus aptitudes morales, intelectuales y físicas.

En esa realidad, los integrantes de la institución familiar revistan en jerarquías, cuya máxima expresión la detentan los adultos mayores. Ese prestigio y preeminencia se remonta a los albores de  la historia. Recordemos en la antigüedad,  la autoridad relevante y trascendente del  Senado Romano, corporación formada por los patres más ancianos (de donde proviene su nombre senex=anciano). La valía con que se los consideraba hacía que se les adjudicara la función de asesorar al soberano en la administración del gobierno; y por medio de la auctoritas patrum, convalidaban las leyes votadas en los comicios.

En la actualidad, la institución familia vacila en ser o no una unidad política o económica; pero sin claudicar  en  su función biológico- espiritual. Se circunscribe - de todas maneras- al pequeño círculo de abuelos, padres  e hijos, y  es el centro de formación moral de los niños, de solidaridad y asistencia recíprocas.

Hay un dicho polaco que define a la Nación como “la familia de las familias”. Lo que pone de manifiesto la trascendencia que los pueblos asignan a la institución  familia. Por otra parte, estudios recientes señalan que las diversas civilizaciones que pueblan actualmente el planeta han implosionado en un camino de regreso hacia la revalorización de esa institución, la que priorizan por sobre la riqueza, la fama o cualquier otro valor.

La humanidad, luego de un período de desvalorización conceptual sobre la familia, vuelve a ella para protegerse de los temores y angustias a las que se siente sometida.

¿ A qué se debe, que -luego de un período de decadencia que se registró a mediados del siglo  XX,- la hallemos resurgiendo fortificada ?

Encontramos que análogo fenómeno ha sucedido con la fe religiosa, sin perjuicio de los excesos de los fundamentalismos (Irlanda, Oriente Próximo, etc..).

Advertimos  que hemos ingresado en la era informático-robótica. Pero ello no significa la caducidad de pautas  tradicionales y valiosas de épocas anteriores. Y así encontramos que la adhesión a la familia  como a principios religiosos, da motivo a un efecto balsámico ante la depresión y el stress que nos produce la realidad local y global.

Los economistas clásicos señalaban que la economía es la ciencia de la escasez. Es decir que no valoramos mucho lo que abunda, sino lo que contamos en  dosis reducidas. En lo afectivo sucede exactamente igual. En décadas anteriores, la familia era una institución en crisis. Pero ahora necesitamos y anhelamos su fortificación.

La familia ha incrementado su valor; en especial tomando en cuenta que su creación y mantenimiento requiere no solo un esfuerzo económico, sino también personal. Hasta tiempos recientes, su fundación provenía de una actitud espontánea. Pero actualmente ese proceder proviene de un acto no solamente  voluntario sino también analítico.

La fundación y diagramación de una familia ha obedecido habitual y normalmente a actitudes típicamente privadas. El Poder Público se reducía a tomar nota de nacimientos, matrimonios y defunciones con objetivos demográficos de índole estadística.

Hoy se nos plantea la disyuntiva de si aquel diseño debe ser dirigido o librado a la decisión particular. La República Popular China indica tajantemente la cantidad máxima de hijos que pueden tener los matrimonios, y su violación acarrea durísimas sanciones. En vez, en otros países se estimula la procreación.

Apreciamos que la tecnología se ha ubicado en el escenario con pretensiones de protagonista. Así vemos que la ingeniería genética incursiona en la averiguación de la paternidad, la fecundación asistida, la clonación; y que otros hallazgos tecnológicos biomédicos disminuyen sustancialmente la mortalidad infantil. Ello da motivo a que Lluís Flaquer opine que “....estos adelantos sólo cobran su pleno sentido y se hacen operativos al ponerse al servicio de valores e ideales como la libertad, la igualdad o la dignidad humanas, anhelados desde hacía mucho tiempo pero difíciles de lograr debido a diversos tipos de barreras materiales.”

De cualquier forma, estas mutaciones –sin duda en su mayoría positivas-, plantean interrogantes respecto de su incidencia en el parentesco y la estructura familiar. Y han motivado la necesidad de una legislación “ad hoc” que contemple las problemáticas que derivan de madres de alquiler, fecundación in vitro, congelación de espermas y de óvulos, etc.. Todo ello, favorecido a raíz de que la madre de antaño, identificada por su permanente presencia en el hogar, ha sido reemplazada por un ama de casa  part-time. Y como derivación, advertimos la asunción de una función  supletoria por parte del adulto mayor-abuelo para con los nietos, haciéndose cargo de responsabilidades que no pueden cumplir los padres.

Desde ya, analizar el fenómeno de la clonación resulta de por sí un hueso muy problemático de roer. La reproducción parcial de tejidos puede ser un ventaja manifiesta para el ser humano (v.g.: quemaduras graves de piel). Pero el interrogante de cuanto tejido (¿todo?) humano es ético reproducir, es y será motivo de arduas polémicas.

Todos estas cuestiones, llevan inevitablemente al planteo de si la familia debe ser causa de políticas de Estado, y en caso afirmativo, hasta donde debe éste intervenir. No debe olvidarse que la ingerencia en cuanto a diseño del núcleo familiar, data del curso de la historia. Esparta, Roma, y otros varios estados, emitieron disposiciones, ya sea disuadiendo la procreación o bien estimulándola. Los motivos invocados han sido de índole diversa. Tal como la necesidad de contar con abundante juventud para la integración –por ejemplo -, de las falanges griegas y legiones romanas. O bien el colapso de sistemas previsionales, tal ocurre en Austria o Francia, donde la prolongación de la expectativa de vida ha arrojado que no haya aportantes  suficientes para sostener la cantidad de pasivos beneficiarios del sistema de jubilaciones y pensiones. Ese crecimiento de la sobrevida, motiva además, como consecuencia, una mayor presencia del adulto mayor en las coordenadas tiempo y espacio.

Tenemos entonces que plantearnos si debe dejarse “a la buena de Dios” la planificación de la familia o el Poder Público debe participar. Y de ser en este último caso: ¿en forma sugerente o imperativa? Además, con qué orientación ideológica, política y económica.

Sobre el particular, la opción tendrá inevitablemente un movimiento pendular que irá desde los que desean un Estado-dirigista-garantista-filantrópico hasta los que aspiran al Estado-gendarme que haciéndose cargo sólo de la seguridad y el orden, deje a los particulares que obren en las otras esferas según sus propias inclinaciones.

De optarse por el primer criterio, va de suyo que los liberales considerarán que la ingerencia burocrática viola el ámbito de la privacidad del templo que constituye cada individuo. De elegirse el segundo, los dirigistas estimarán que el Estado ha claudicado en funciones irrenunciables.

De todas maneras, ya sea por imperio de la evolución que el Estado-Nación concebido a partir del Renacimiento ha registrado en el siglo próximo pasado; como por urgencias que los cálculos actuariales imponen respecto de los sistemas previsionales, resulta ineludible admitir que los gobiernos deben asumir un papel de contralor directo o indirecto sobre la planificación de la familia. Del mismo modo que se ha aceptado que el Estado interviene en el campo laboral, de la salud pública, urbanístico, educacional, etc..

Sobre el particular, no puede ya aceptarse que los gobiernos deben abstenerse de intervenir en  problemas como el que nos ocupa. Por ejemplo, la Iglesia Católica Romana, en su encíclica “Sillabus” ha señalado entre 80 errores modernos, al liberalismo, respecto del afán de esta ideología de pretender la actividad privada sin ingerencia estatal alguna.

Pero no se trata de tender a una solución mágica polivalente para los nuevos matices problemáticos que presenta la institución familia que ingresa al siglo XXI. El derrumbe de las fronteras y la consecuente globalización de la economía como consecuencia de las tempestuosas imposiciones de las juventudes francesas del 68 (¡¡¡basta de fronteras!!!....), no ha influido en la actividad peculiar del núcleo familiar, que sigue siendo el templo del desarrollo social celular, aun con sus propias incertidumbres, si bien se advierte un desdén de los jóvenes hacia los mayores, producto de la suficiencia que sienten ante su aptitud para el manejo del instrumental de la virtualidad y la digitalización.  Pero ese núcleo se ha diversificado a raíz de nuevas y originales integraciones con protagonistas no tradicionales (v.g.: pareja de igual sexo, etc..), y a pesar de tener que admitirse un debilitamiento de la solidez de antaño. Como consecuencia  de lo cual, en la familia actual, la distribución de roles ha debido sufrir la reubicación de sus integrantes.

La familia identificada como “La Institución” ha dejado de ser. Pero continúa siendo la meta del ser humano que entiende que fundar una para sí, puede valer la pena. Y se lanza a la integración de una, donde consciente o inconscientemente espera encontrar la reedición de sus orígenes, su lengua, costumbres, afectos, anhelos, y la continuación de su identidad a través de la procreación.

Los estudiosos navegan en la incertidumbre ante el enigma de si la familia llegará a perder su jerarquía de institución de base y se transformará en un simple agrupamiento particular; o bien se vigorizará con tendencia a su antiguo esplendor.

Entre quienes se inclinan por la primer opción, hay autores que señalan dos caminos: uno como un lapso de cambio en que  la familia nuclear tiende a una nueva estructura cuya morfología aun no ha concluido. Otra, la baja como la institución, que conocimos hasta ahora, y su reemplazo por un “nuevo modelo”.

Aparentemente, la vuelta al pasado parece poco probable. El abandono forzado de la actividad de la mujer como jefa del hogar (matrimonio = oficio de madre); su aporte económico; su incursión en las actividades profesionales, etc., ha dado justificación a la opinión de quienes hablan de la “democratización” de las familias. Sin duda, el nuevo “protagonismo compartido” por ambos cónyuges trae sus consecuencias. Por lo demás, las dificultades de la posmodernidad, han seducido a potenciales contrayentes a elegir el camino de la “pareja de hecho”.

Entendemos que cualquiera que sea el futuro de la familia, ya sea estructuralmente de “jure” o de “factum”, el protagonista será siempre el ser humano. A pesar de su actual individualismo.  Dice Aristóteles “que el hombre es gregario; sólo puede vivir en sociedad.” Vale decir que la fase agonal de la familia se circunscribirá a la lucha entre ese individualismo y la institución tradicional  de  la  convivencia  familiar.  A  cargo  del  sostén  de  ese  bastión-familia se hallará siempre la generación contemporánea de los adultos mayores. El conjunto de adultos mayores coetáneos entre lapsos que abarquen aproximadamente treinta año, constituyen un estamento humano llamado “generación”. Implica compartir entre sus miembros, modos de pensar la realidad, costumbres sociales análogas y padecer en común claudicaciones psicofísicas semejantes. Pero fundamentalmente participar de un entorno sociocultural que los abarca a todos. Tenemos a la actual, que proviene de nacimientos acaecidos en la década del 30´. En consecuencia, en lo que se refiere a nuestro país, esa generación ha debido transitar por un camino que presentó un andar pendular, sosegado en algunos tramos, o bien con abundantes escollos, y alternando del Estado filantrópico, al de gendarme pasivo. Así el panorama presentó  a la vista, avatares socio-económicos de abundancia o de escasez. Resignadamente esa generación se adaptó a los vaivenes; pero esa gimnasia la fortificó, en el sentido de no aceptar el papel de “generación de descarte”, sino asumiendo su irrenunciable responsabilidad de baluarte de una institución  que tiene sus cimientos en la conservación de las tradiciones de los “patres”.         

En resumen; la verdad  nos pone ante la evidencia de que ya sea por mimetismo o por adaptación, la  familia se adecua con la elasticidad de una ameba a la realidad del siglo XXI. Los integrantes, comenzando por sus adultos mayores rotan la intensidad de su  protagonismo según necesidades de tiempo y lugar, pero finalmente sostienen la estructura de una institución que data del  comienzo de las civilizaciones y a través de los tiempos se proyecta  en  la historia con solidez y prestigio.

 

Consulta bibliográfica

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